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Juan Pedro Esnaola (Buenos Aires, 1808-1878)
Misericordiae Domini
Lamentación del Profeta Jeremías para solistas, coro y orquesta
edición: Prof. Bernardo Illari (University of North Texas, EEUU)
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Carl Philipp Emanuel Bach (1714-1788)
Los israelitas en el desierto
Oratorio para solistas, coro y orquesta
- Moisés Federico Finocchiaro
- Aarón Mauro Di Bert
- Primera mujer israelita María Goso
- Segunda mujer israelita Raquel Winnica
- Una voz (tenor) Lucas Dávila
- Ver Solistas
Juan Pedro Esnaola escribió dos grandes Lamentaciones para coro y orquesta a mediados de la década de 1840, con destino a la Catedral de Buenos Aires: Cogitavit Dominus, que La Barroca del Suquía reestrenó en 2008, y Misericordiae Domini, que se reestrena ahora. Son las obras de expresión más rica y compleja que el compositor intentó nunca. El texto del Antiguo Testamento le proporciona material básico para crear potentes representaciones musicales. Cogitavit Dominus adopta un tono social y político para deplorar simbólicamente la decadencia del Buenos Aires rosista en términos de la Jerusalén bíblica. Misericordiae Domini, en cambio, mira hacia el interior del “yo” poético y musical para explorar temas de sufrimiento y culpa. Escrita en un tono más patético que dramático, la obra reúne en lograda síntesis un cúmulo de referencias históricas: el canto llano, la polifonía del Barroco, la escritura coral de Haendel, el diálogo dramático del Clasicismo y la canción de cámara decimonónica, en uno de los más notables monumentos del temprano romanticismo de América Latina.
Carl Philipp Emanuel Bach escribió el oratorio Los israelitas en el desierto en 1769, poco tiempo después de haber sucedido a su padrino Georg Philipp Telemann como director musical en Hamburgo. El concepto de la obra, tal como Carl Philip Emanuel lo anunció a sus potenciales suscriptores en vísperas de su publicación, era llamativo: decidió escribir una obra sacra que no respondiera a ninguna confesión religiosa en concreto, de forma que no fuera rechazada ni por unos ni por otros, y que además pudiera ser interpretada no sólo en ocasiones solemnes, sino en cualquier circunstancia, tanto dentro como fuera de una iglesia.
Sin duda alguna, Los israelitas en el desierto debe mucho en este sentido a los oratorios semi-seculares de Haendel. Parte del relato bíblico del Éxodo, capítulo 17, narrando los sufrimientos de los israelitas en el desierto y su alivio a manos de Moisés, que milagrosamente hace surgir agua de una roca, con escenas corales que expresan los sentimientos de los creyentes como comunidad con cierto sentido teatral. Respecto a la escritura de la obra, Bach muestra un refinamiento contrapuntístico inequívocamente heredado de su padre, aunque no es ésta una obra en la que el compositor se muestre obsesionado por la elaboración técnica. Menos dirigida estimular la razón que a conmover el corazón de los oyentes, Johann Friedrich Reichardt, crítico musical de la época, hizo en una apasionada crónica acaso la mejor descripción de la obra:
“Después de Judas Macabeo de Haendel nunca el placer me embargó tan próximo al dolor. Nunca experimenté algo semejante. Jamás había escuchado antes sonidos tan mágicos capaces de conquistar el corazón; ni tampoco vi nunca que armonías tan poderosas colmaran las almas de los oyentes con la contundencia de un trueno; sus huesos temblaron de la emoción y su sangre se heló incluso, de puro miedo. Luego, de igual manera, aquellas armonías puras y celestiales apaciguaron sus almas y dulces y acariciantes sones trajeron paz a sus espíritus, anegando sus ojos de dulces lágrimas de alegría.”
Bernardo Illari – Manfredo Kraemer
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