Conciertos realizados.
INTERESANTES LECTURAS INFORMATIVAS.
Por: Manfredo Kraemer

“El espíritu de Versalles”

Aisladas del París de comerciantes, burgueses, actores, teatros, óperas y notarios, tres mil personas vivieron, durante más de cien años, el sueño borbónico del poder absoluto. Ese sueño, copiado casi inmediatamente por otras monarquías europeas, fue Versalles, el palacio y la corte de los Luises, con su estricto protocolo, sus secretos y sus intrigas. Todos rodeaban al rey y el rey debía mostrarse a todos. Y de hecho, se mostraba en todo momento: al satisfacer sus necesidades íntimas, al peinarse y afeitarse; incluso al venir al mundo, ya que la corte debía presenciar los partos reales, además del dormir y el despertar. Simple pabellón de caza al principio, luego residencia de recreo destinada a fiestas cortesanas, Versalles terminó convertido en un centro de poder que pretendía reflejar en toda su dimensión el apogeo de la monarquía más poderosa de la Europa del momento.

Luis XIV convirtió la metáfora del soberano como astro rey en su divisa en Versalles. Así, en los jardines que rodeaban al palacio, las distintas esculturas reproducían motivos asociados con Apolo, el dios grecorromano del sol, presentado como una deidad que exige sumisión y distribuye justicia. El palacio se convirtió en un símbolo del absolutismo, creando un modelo arquitectónico que emularían casi todas las dinastías europeas en el siglo XVIII, desde el Palacio Real de Aranjuez hasta el San Petersburgo del zar Pedro el Grande. Consideradas las victorias militares y diplomáticas de la monarquía como un éxito personal, Luis reafirmó su autoridad exigiendo un acatamiento que se convirtió en adoración absoluta. Su instrumento fue el ceremonial de corte, que regulaba con la mayor meticulosidad la relación que los cortesanos debían mantener en todo momento con el soberano. El celo con el que éste cuidaba el mantenimiento de la etiqueta era proverbial. Pero si los demás estaban sometidos a una disciplina estricta, él era el primero en seguirla.

Giovanni Battista Lulli, florentino de nacimiento y de origen humilde, se radicó en París a los trece años. Allí su afán de progreso, su carácter vivaz y su talento le reportaron en poco tiempo renombre como violinista, guitarrista, compositor, cantante y actor. Esto y sobre todo su extraordinaria maestría para la danza llamó la atención de Luis XIV, quien como bailarín apasionado y “profesional” le concedió el honor de bailar a su lado en los Entrées en que tomaba parte. Toda su vida Lully gozó del favor del rey, sólo empañado en los últimos años al descubrirse que había seducido a un paje palaciego, a pesar de las repetidas advertencias de que reprima sus preferencias sexuales. El arte de Lully floreció, y se acrecentaron su poder, privilegios e influencia, otorgándole, cual alter ego de su protector, el aura de un Rey Sol de la música. Incapaz de tolerar la más mínima competencia, hizo uso de su posición dominante contra todos los que pudiesen ponerla en peligro. Con un estilo calificado de directo y brutal incluso por sus partidarios, se malquistó de este modo con Molière, La Fontaine, y gran número de compositores, muchos de los cuales están representados en nuestra selección de piezas extraídas del Manuscrito Philidor de la Biblioteca Nacional de París. Habilísimo negociador, gran organizador, implacable con la disciplina: sus músicos y cantantes debían firmar contratos que establecían quitas por impuntualidad, por cada hora de ausencia a ensayos (hay que admitir sin embargo: Lully pagaba bien), y no pocas veces anuló contratos: “No quiero sopranos que están resfriadas seis meses al año, ni tenores que están borrachos cuatro días sobre siete”. Lully popularizó el Minuet y dio a la Ouverture-Suite su forma definitiva. Esta se difundió por las cortes europeas a través de sus numerosos discípulos y a través de las ediciones en Amsterdam de su música instrumental, constituyéndose en el modelo que para la confección de obras similares orientó a Muffat, Purcell, Handel, Bach, Kusser, Telemann y muchos otros.

Telemann fue por lejos el más famoso y uno de los más exitosos compositores alemanes de su época. Eclipsada en el siglo 19 su fama póstuma con la revalorización de su ahijado Bach, los “pecados” de los que se le culpaba en el contraste resultaron ser: superficialidad, poco fervor religioso y ópera. En su día en cambio esta comparación le había sido favorable: se lo apreciaba entonces enormemente porque “no escribe como Bach”. Telemann aprendió de joven a amar la música polaca, predilección que conservó toda su vida y que asoma en numerosísimas obras con sus bizarros giros melódicos, su frescura rítmica y su humor; del mismo modo se apropió del estilo francés, y de hecho muchas de sus composiciones gozaron de enorme éxito en París. Entre estas pueden contarse los Quatours y la Musique de Table (Música de Mesa). Cada una de las tres partes o “producciones” de esta ambiciosa colección contiene, enmarcada por una Ouverture-Suite y una Conclusion orquestales, un concierto y una serie de piezas de cámara de formación variable. Pero no sólo en el a la française se sentía Telemann en casa: su eclecticismo lo muestra como típico exponente del estilo galante, ése que aspiraba a reunir “lo mejor” de los gustos francés, italiano y alemán de la época. Su elegancia melódica, una textura instrumental fluida y transparente, su carisma sin esfuerzo (los contemporáneos dirían su sentido común) lo convierten en el real precursor del clasicismo.

Johann Bernhard Bach nació en Erfurt, en la misma casa en que viera la luz la madre de Johann Sebastian. Poco se sabe de su niñez y adolescencia, acaso empañada por una gran epidemia de peste en 1682 que se cobró numerosas víctimas también de su propia familia. Tampoco la formación musical de esos primeros años es clara: quizás estudiase con el gran Pachelbel, organista en Erfurt durante largo tiempo. En todo caso las obras para teclado de Bernhard revelan su influencia. En 1703 se radicó en Eisenach (cuna de su primo Johann Sebastian), reconocido ya como excelente intérprete de órgano. Allí entró en fructífero contacto con Telemann, a la sazón maestro de capilla y profundo experto en la música instrumental de Lully y Campra, quien seguramente le transmitió sus conocimientos. En efecto, una de las escasas noticias biográficas menciona que Bernhard supo escribir “muchas hermosas oberturas en el gusto de Telemann”. Cuatro obras que confirman esta filiación son todo lo que persiste de su producción instrumental. Han llegado hasta nosotros gracias a su primo, que las copió y presentó con el Collegium Musicum que dirigía periódicamente en los conciertos que se llevaban a cabo en el Café Zimmermann de Leipzig. Muchas similitudes hay entre las oberturas, cuatro respectivamente, de ambos Bach: las más llamativas entre nuestra Ouverture en sol menor con violín concertante y aquella en si menor con flauta concertante de Johann Sebastian.

 
 
“Tutto Vivaldi ”
“Bach-Albicastro”
“Cuadros Sonoros” En la música instrumental del Barroco
“El espíritu de Versalles”
“De profundis clamavi”
“Esplendor del barroco instrumental italiano en el siglo XVIII”